Viajar desde un lugar frío hasta otro cálido significa que, en pocas horas, la ropa que llevas puesta deja de ser adecuada. Sales de casa con abrigo y bufanda y llegas a un destino donde hace falta ropa ligera. Si no lo has previsto, pasarás buena parte del viaje incómodo, cargando prendas que sobran. Un poco de planificación permite que el cambio sea sencillo y que llegues con buen ánimo.
La mejor solución es vestirse en capas. Debajo, una camiseta de algodón fino o de tejido ligero; encima, un jersey o una sudadera que se pueda quitar con facilidad; y por fuera, un abrigo o una cazadora que puedas guardar o llevar al brazo. Así, al llegar, retiras las capas de abrigo una a una y te quedas con la prenda ligera que llevas debajo, sin tener que cambiarte en un baño.
Qué llevar puesto y qué guardar
Elige prendas fáciles de quitar y de doblar. Los tejidos que no se arrugan demasiado sirven mejor para el viaje. En los pies, unas zapatillas cómodas que valgan tanto para el frío de salida como para el calor de llegada. Evita botas muy pesadas que ocupan mucho sitio en la maleta. Si llevas calcetines gruesos, guarda unos finos a mano para cambiártelos al aterrizar.
Lo más voluminoso, como el abrigo, la bufanda y los guantes, tiene su sitio en un bolso de mano o en una bolsa que se pueda plegar. Si viajas en avión o en tren, guárdalos en el compartimento superior. Lleva a mano una camiseta o una prenda ligera para cambiarte antes de salir del aeropuerto o de la estación, y así estrenar el calor sin agobios.
Al llegar, ventila la ropa que has llevado y guarda las prendas gruesas limpias y secas en la maleta. Si sabes que volverás al frío, deja preparada la ropa de abrigo para el regreso, de forma que no tengas que rebuscar. Con estas pequeñas costumbres, el paso del frío al calor deja de ser un problema y se convierte en una parte más del viaje.